jueves, 14 de diciembre de 2017


EL CAMINO DE LAS PALABRAS PROFUNDAS

    Nada podrá medir el poder que oculta una palabra. Contaremos sus letras, el tamaño que ocupa en un papel, los fonemas que articulamos con cada sílaba, su ritmo, tal vez averigüemos su edad; sin embargo, el espacio verdadero de las palabras, el que contiene su capacidad de seducción, se desarrolla en los lugares más espirituales, etéreos y livianos del ser humano.
    Las palabras arraigan en la inteligencia y crecen con ella, pero traen antes la semilla de una herencia cultural que trasciende al individuo. Viven, pues, también en los sentimientos, forman parte del alma y duermen en la memoria. Y a veces despiertan, y se muestran entonces con más vigor, porque surgen con la fuerza de los recuerdos descansados.
    Son las palabras los embriones de las ideas, el germen del pensamiento, la estructura de las razones, pero su contenido excede la definición oficial y simple de los diccionarios. En ellos se nos presentan exactas, milimétricas, científicas... Y en esas relaciones frías y alfabéticas no está el interior de cada palabra, sino solamente su pórtico. Nada podrá medir el espacio que ocupa una palabra en nuestra historia.
    Una palabra posee dos valores: el primero es personal del individuo, va ligado a su propia vida; y el segundo se inserta en aquél pero alcanza a toda la colectividad. Y este segundo significado conquista un campo inmenso, donde caben muchas más sensaciones que aquéllas extraídas de su preciso enunciado académico. Nunca sus definiciones llegarán a la precisión, puesto que por fuerza han de excluir la historia de cada vocablo y todas las voces que lo han extendido, el significado colectivo que condiciona la percepción personal de la palabra y la dirige.
    Hay algo en el lenguaje que se transmite con un mecanismo similar al genético. Las palabras se heredan unas a otras, y nosotros también heredamos las palabras y sus ideas, y eso pasa de una generación a la siguiente con la facilidad que demuestra el aprendizaje del idioma materno. Lo llamamos así, pero en él influyen también con mano sabia los abuelos, que traspasan al niño el idioma y las palabras que ellos heredaron igualmente de los padres de sus padres, en un salto generacional que va de oca a oca, de siglo a siglo, aproximando los ancestros para convertirlos casi en coetáneos. Se forma así un espacio de la palabra que atrae como un agujero negro todos los usos que se le hayan dado en la historia. Pero éstos quedan ocultos por la raíz que conocemos, y se esconden en nuestro subconsciente.
Álex Grijelmo: La seducción de las palabras, Taurus



La seducción de las palabras muestra en muchos casos una técnica muy sencilla: quien ejerce el poder del habla o de la escritura aparta un término cuya historia condena cuanto representa, para aportar en su lugar un vocablo que ha estado unido históricamente a conceptos con mejor sonido y significado. O con mejor prensa.
5 A ningún país le gusta, por ejemplo, que un tercero lo sitúe en el grupo de los subdesarrollados. De fuerza negativa en este caso, porque sub- implica “debajo”. Así, este grupo de países se ha ganado ya la denominación de naciones “en vías de desarrollo”. Y las vías se connotan, desde que se inventó el ferrocarril, con el progreso, el avance, la 10 riqueza.
Ni siquiera parece honroso un segundo puesto en un concurso literario de gran envergadura, esas justas en las que al final el jurado se ve impelido a decidir entre dos obras de mérito muchas veces similar. Así, por ejemplo, se anuncia un ganador pero nunca un perdedor, jamás un viceganador o un subpremio. El jurado nombra siempre un “finalista”, y usando 15 esa palabra se lleva a quien la reciba hacia el momento en el que todavía no se había producido la derrota. El término logra parar el tiempo, de modo que el novelista recibe el premio de haber llegado al final, sin que el vocabulario avance hasta determinar lo que sucedió luego; él será siempre un finalista del Premio Planeta, o del Premio Nadal… nunca un derrotado. Tampoco en la Copa de Europa de fútbol se resalta al subcampeón, sino al 20 finalista. Y en “finalista” nuestro cerebro desbroza el concepto “final”, para que recibamos el perfume del concepto que designa a quien ha llegado hasta allí, el equipo o el escritor que han superado los obstáculos que se interponían entre la salida y la llegada, porque en “finalista” nada hay que evoque la derrota, ni un solo fonema de este vocablo carga con pena alguna ni la ha llevado en toda su historia. Al contrario: se trata de alguien que ha resistido 25 hasta el final, que ha alcanzado una meta. Que ha logrado un fin.
Hace solo unos años, en la ceremonia de entrega de los premios Óscar se utilizaba la fórmula “…y el ganador es…” ("…and the winner is…"). Ahora los famosos que anuncian los galardones emplean una expresión más suave, que no establece ganadores ni, por tanto, perdedores: “…Y el Óscar va para…” (“…and the Oscar goes to…”). Se premia una 30 película, a un director, a unos actores y a unas actrices… pero no se despremia a nadie, ninguno de los aspirantes seleccionados sufrirá la agresión de una palabra.