EL CAMINO DE LAS PALABRAS PROFUNDAS
Nada
podrá medir el poder que oculta una palabra. Contaremos sus letras,
el tamaño que ocupa en un papel, los fonemas que articulamos con
cada sílaba, su ritmo, tal vez averigüemos su edad; sin embargo,
el espacio verdadero de las palabras, el que contiene su capacidad
de seducción, se desarrolla en los lugares más espirituales,
etéreos y livianos del ser humano.
Las
palabras arraigan en la inteligencia y crecen con ella, pero traen
antes la semilla de una herencia cultural que trasciende al
individuo. Viven, pues, también en los sentimientos, forman parte
del alma y duermen en la memoria. Y a veces despiertan, y se
muestran entonces con más vigor, porque surgen con la fuerza de los
recuerdos descansados.
Son
las palabras los embriones de las ideas, el germen del pensamiento,
la estructura de las razones, pero su contenido excede la definición
oficial y simple de los diccionarios. En ellos se nos presentan
exactas, milimétricas, científicas... Y en esas relaciones frías
y alfabéticas no está el interior de cada palabra, sino solamente
su pórtico. Nada podrá medir el espacio que ocupa una palabra en
nuestra historia.
Una
palabra posee dos valores: el primero es personal del individuo, va
ligado a su propia vida; y el segundo se inserta en aquél pero
alcanza a toda la colectividad. Y este segundo significado conquista
un campo inmenso, donde caben muchas más sensaciones que aquéllas
extraídas de su preciso enunciado académico. Nunca sus
definiciones llegarán a la precisión, puesto que por fuerza han de
excluir la historia de cada vocablo y todas las voces que lo han
extendido, el significado colectivo que condiciona la percepción
personal de la palabra y la dirige.
Hay
algo en el lenguaje que se transmite con un mecanismo similar al
genético. Las palabras se heredan unas a otras, y nosotros también
heredamos las palabras y sus ideas, y eso pasa de una generación a
la siguiente con la facilidad que demuestra el aprendizaje del
idioma materno. Lo llamamos así, pero en él influyen también con
mano sabia los abuelos, que traspasan al niño el idioma y las
palabras que ellos heredaron igualmente de los padres de sus padres,
en un salto generacional que va de oca a oca, de siglo a siglo,
aproximando los ancestros para convertirlos casi en coetáneos. Se
forma así un espacio de la palabra que atrae como un agujero negro
todos los usos que se le hayan dado en la historia. Pero éstos
quedan ocultos por la raíz que conocemos, y se esconden en nuestro
subconsciente.
Álex
Grijelmo: La seducción de las palabras, Taurus
La seducción de las palabras muestra en muchos casos una técnica
muy sencilla: quien ejerce el poder del habla o de la escritura
aparta un término cuya historia condena cuanto representa, para
aportar en su lugar un vocablo que ha estado unido históricamente a
conceptos con mejor sonido y significado. O con mejor prensa.
5 A ningún país le gusta, por ejemplo, que un tercero lo sitúe en
el grupo de los subdesarrollados. De fuerza negativa en este caso,
porque sub- implica “debajo”. Así, este grupo de países
se ha ganado ya la denominación de naciones “en vías de
desarrollo”. Y las vías se connotan, desde que se inventó el
ferrocarril, con el progreso, el avance, la 10 riqueza.
Ni siquiera parece honroso un segundo puesto en un concurso
literario de gran envergadura, esas justas en las que al final el
jurado se ve impelido a decidir entre dos obras de mérito muchas
veces similar. Así, por ejemplo, se anuncia un ganador pero nunca un
perdedor, jamás un viceganador o un subpremio. El jurado nombra
siempre un “finalista”, y usando 15 esa palabra se lleva a quien
la reciba hacia el momento en el que todavía no se había producido
la derrota. El término logra parar el tiempo, de modo que el
novelista recibe el premio de haber llegado al final, sin que el
vocabulario avance hasta determinar lo que sucedió luego; él será
siempre un finalista del Premio Planeta, o del Premio Nadal… nunca
un derrotado. Tampoco en la Copa de Europa de fútbol se resalta al
subcampeón, sino al 20 finalista. Y en “finalista” nuestro
cerebro desbroza el concepto “final”, para que recibamos el
perfume del concepto que designa a quien ha llegado hasta allí, el
equipo o el escritor que han superado los obstáculos que se
interponían entre la salida y la llegada, porque en “finalista”
nada hay que evoque la derrota, ni un solo fonema de este vocablo
carga con pena alguna ni la ha llevado en toda su historia. Al
contrario: se trata de alguien que ha resistido 25 hasta el final,
que ha alcanzado una meta. Que ha logrado un fin.
Hace solo unos años, en la ceremonia de entrega de los premios
Óscar se utilizaba la fórmula “…y el ganador es…” ("…and
the winner is…"). Ahora los famosos que anuncian los
galardones emplean una expresión más suave, que no establece
ganadores ni, por tanto, perdedores: “…Y el Óscar va para…”
(“…and the Oscar goes to…”). Se premia una
30 película, a un director, a unos actores y a unas actrices… pero
no se despremia a nadie, ninguno de los aspirantes
seleccionados sufrirá la agresión de una palabra.